Estoy en uno de esos momentos en los que no se cómo me he metido y de los que no se cómo salir.
Mi inteción era salir a darme un bañito y tomarme una langostita en San Kitts, pero esta claro que el destino tenía otros planes para mí cuando ha decidido que por primera vez en mucho tiempo, cierre la puerta de mi habitación por fuera y con el pijama puesto. Veinte minutos de miradas atónitas y reprobatorias, he conseguido que un alma caritativa me abriese a puerta y me haya podido cambiar, para ir a grabar 5 minutos de un show que aun no entiendo y mi jefe me comentase que por decimonovena vez, se ha cargado mi trabajo.
Tras haberme levantado a las 8 de la mañana, he conseguido salir del barco a eso de las 12 y me disponía a tomar un taxi cuando otro me ha abordado y siete personas que “conozco” me han dicho que me subiese. Cuando me he querido dar cuenta estaba en un restaurante “multi-cocina” en el que podía elegir entre comida india, china y hamburguesa de queso. He intentad pedir algo chino pero resulta que el chef chino llega después de las 3.30 de la tarde, así que he dejado que uno de mis conocidos pidiese comida india para todos y para mi.
En ese momento todo el mundo ha sacado sus Ipad-pod-peros y no se ha vuelto a hablar hasta que no ha llegado la comida, unos veinte minutos más tarde. Esta consistia en una patata rebozada, con guisantes y una salsa de menta, que estaba bastante buena, pero no me ha dejado del todo satisfecho. Para comer la gente se ha guardado la tecnología, pero ha seguido sin hablarse y menos mal, porque cuando lo han hecho…
– Una mejicana ha empezado a decir que nunca tendría un hijo con un español, porque los raptamos y los llevamos a Europa.
– Un indio no ha hecho más que preguntarme qué tal estaba la patata de la comida.
– Otro indio me ha preguntado de dónde era y cuando le he dicho que del reino, me ha preguntado si hablaba “catalino”. Entendiendo que se refería al catalán, le he dicho que no porque yo no vivía en Cataluña y me ha contestado que es muy curiosa la relación que tenemos los “catalinos” y… “los otros, cómo se llaman?” “… españoles?”, “sí, eso, los catalinos y los españoles”.
Con las mismas, he vuelto a sacar mi tablet y me he puesto a escribir estas líneas, mientras la gente sigue hablando de cosas que he preferido no escuchar y mientras el primer indio me seguía preguntando por la patata.
En estas estaba, cuando veinte minutos después ha llegado el resto de la comida. Platos llenos de tortas de pan y comida horriblemente picante, han ido apareciendo ante mí y quemándome la lengua y el paladar hasta que no he vuelto a sentir sabor alguno (aunque he de decir que todo estaba muy bueno).
La mejicana, mirandome con una sonrisa de oreja a oreja, me ha dicho que los españoles no sabemos comer y que nada picaba tanto como para estar sudando como lo estaba haciendo, justo antes de señalar a su marido y decir que él también era español. El pobre hombre, ha bajado la cabeza y ha asentido con un tristísimo: “Sí cariño”
El indio me ha vuelto a preguntar por la comida y yo ya no sabía dónde meterme.
He conseguido salir de allí y me he prometido no volver a juntar comida con barco.