La señorita Claudia.

Hay veces en las que la paciencia tiene un límite y otras veces en las que se transforma en una manera de pasar una divertida tarde. Ambas forman parte de esta extraña historia de amor, muerte, teleoperadores y el mismísimo Grissom.

Todo empezó hace un año. Acababa de llegar al “Perúl” y, como es normal en estos tiempos, adquirí un teléfono móvil con todas las maravillas de la ciencia actual y con un número peruano a juego. Empezaba a formar parte del país, de la cultura y poseía la capacidad de realizar y recibir llamadas, estaba preparado para vivir el año que me esperaba… y hay que ver si me esperaba.

Tres días después de entrar en el mundo de las comunicaciones, recibí mi primera llamada de un ser desconocido. “¿Aló?” contesté (palabra mágica sin la cual no se inician conversaciones telefónicas en este país) y una agradable voz me respondió con un melodioso tono: “¿Es la señorita Claudia?”. He de reconocer que me sorprendió y halagó que mi interlocutor me confundiese con la famosa soprano Claudia Muzio (ciertamente mi agradable voz de camionero suele dar a error muchas veces), pero al darme cuenta de que seguramente fuese una llamada equivocada, agradecí los halagos y le indiqué amablemente que este no era su número. La telefonista, siempre muy cordial, me intrigó sobre el conocimiento por parte de mi persona de cualquier Claudia y al responder con negativa, siempre muy amistosamente… me colgó.

No pasó ni una semana, cuando otra agradable y femenina voz, volvió a perturbar mi paz interior con la misma llamada y el mismo abrupto final y fue dos semanas más tarde cuando la historia volvió a repetirse… y así dos semanas más tarde, un mes más tarde, otras dos semanas después y así durante todo un maldito año. Siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta y de nuevo el mismo llamadus-interruptus. De nada sirvieron mis explicaciones, mis ruegos, mis lamentos y mis peticiones de paz. Hasta que un día decidí utilizar una nueva y novedosa técnica, la cual no parece estar muy extendida en este país al no “disfrutar” de un Jazztel como dios manda. Sí señores… pasé al ataque.

Hace un par de meses, la llamada volvió a aparecer en la pantalla de mi nuevo celular (aunque esa es otra historia…) y al ser preguntado por la ya famosa Claudia, respondí que sí, yo era ella… Pero no coló. La amable telefonista que antaño me confundió con una cantante de ópera, esta vez no aceptó que mi voz fuese lo suficientemente femenina, por lo que acepté ser el marido de la susodicha. Una vez presentados los participantes de la extraña conversación, la mujer volvió a preguntarme si conocía a Claudia… lo que me dejó bastante intrigado. Volví a presentarme como su marido y la operadora me comentó que sólo hablaría con “mi mujer”. Comenté aquello de “ahora mismo no está” e indagué por la lógica de tanta llamada. Resulta que Claudia (hasta ahora sin apellido) había contraído una deuda con un banco y había desaparecido del mapa.

En este punto me gustaría centrar la atención en la lógica existente tras el intento, durante un año, de recuperar un dinero a base de llamar repetidamente al último teléfono que tu deudor te dio y donde te contestan que no existe la persona que llamas.

Dejo unos segundos para tratar de entender la estrategia.

– Seguimos –

Cansado de una conversación para la que no sabía encontrar final, me divorcié de Claudia y le comenté a la operadora la situación. Yo no soy quien busca, no la conozco, me llevan un año friendo a llamadas que no tienen sentido alguno, por favor… repito… por favor dejen de llamar porque aquí no van a recuperar su dinero. No había terminado mi frase, cuando la afable operadora transformó su voz a Ogro Grimgor y me espetó: “¿¡Usted quién se cree que es!? ¿¡No sabe que estas llamadas están grabadas!? ¡ADIOS!” y me colgó. De nuevo y lleno de estupor, no supe si estaba ante una de las mayores bromas jamás practicadas o ante el mayor y más absurdo plan de recuperación de dinero jamás realizado.

Dos semanas más tarde, me volvieron a llamar (increíble) y les volví a comentar que era absurdo tanta insistencia y que por favor apuntasen que este número ya no era utilizado por Claudia, con el consiguiente replanteamiento de táctica de reembolso. Su respuesta fue incluso más inquietante que la de su compañera: “Eso no es tan sencillo señor…” y me colgó.

Asustado ante la horrible amenaza telefónica que se cernía sobre mí, esperé asustado a la siguiente llamada y esta… no se hizo de rogar. Dos semanas más tarde, y de nuevo en tono afable, aquella voz… snif… volvió a preguntarme por la señorita Claudia, pero esta vez no lo hizo sin más… estaban preparados para mi y directamente preguntaron por… MI MUJER, la señorita Claudia. CHAN-CHAN!!!. Harto, cansado y pelín molesto con la situación, decidí contraatacar con las artes oscuras. “No señorita… siento comunicarle que… Claudia… ha muerto”. CHAN-CHAN-CHAN-CHAAAAAN!!!!… cinco segundos tardó la joven en contestar:  “¿Ah, si?… pues nada entonces” y cuelga.
(De nuevo, dejo unos segundos para la reflexión).

 

– Sigo –

Pero estamos hablando de un banco, organismo inventor, conocedor y compañero de mus de la mismísima Muerte (ramera de rostro enjuto). Cinco minutos tardaron en llamarme de nuevo y empezar la conversación con un “Señor, aquí no me pone que la señorita Claudia esté muerta. ¿Podría hablar con ella?”.

Ante lo absurdo y maravilloso de la situación y visto que estaba en mitad de un parque, decidí continuar con aquella farsa hasta el límite y respondí como cualquier marido haría al saber que su mujer ha vuelto de la tumba…

– ¿¿¿¡¡¡¡MI MUJER ESTÁ VIVA!!!????  ¡¡MILAAAAAAGROOOOO!! – seguido de una maravillosa imitación de lagrimeo, mucosidad y sentido de abandono extremo por parte de una amante traicionera.

Cinco minutos mantuve aquella pantomima sin dejar hablar a mi telefonista favorita. 300 segundos en los que increíblemente y tras meses de cuelgues sin sentido, la teleoperadora me ofreció todo su apoyo y consuelo, convirtiéndonos en dos amigos que se comprenden, respetan y utilizan sus hombros para hacer comprender a la humanidad que caemos… para volver a levantarnos… o eso pensaba, porque súbitamente, una voz de hombre destrozó el momentazo y me informó que era del CSI. “¿Grissom?” contesté sin dejar de sollozar y él me respondió con voz firme y varonil :”¡Señor! su mujer no está muerta. ¿DÓNDE ESTÁ?”.

“Dígamelo usted, que es el experto”, respondí y su respuesta tardó unos segundos en aparecer. Notaba su cerebro manejando las palabras, ordenándolas en perfecto orden, preparando esa típica afirmación ante la que no hay defensa. Sentía cómo se nublaba el cielo, surgían los rayos, retumbaban los truenos… y aquella voz… volvió:

“¡Señor! Dispone de dos días para confirmar la muerte de su esposa o… ¡le volveremos a llamar!” y colgó.

Continuará…

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Un año

Parece que fue ayer cuando llegué a estas tierras, con mis dos maletas, mi mochila, el abrigazo con forro de oveja que me hizo quedar como el tonto del aeropuerto (otra vez…) y mi cara de no saber dónde estoy. ¡Y ya ha pasado un año! (de hecho más, pero es me tienen tan liado en el curro que llego a casa y no soy capaz de escribir nada).

Ahora soy una persona que se desenvuelve perfectamente en este país. Cojo autobuses, combis y peligrosos medios de transporte a los que yo llamo “maquinas de matar”. Ando mucho más que cualquier persona en este país (lo se por la cantidad de veces que me dicen: “¿HAS VENIDO ANDANDO POR AHÍ TÚ SÓLO?”) y ya casi entiendo al portero de mi trabajo, quien tiene la forma de hablar de quien no tiene muchas ganas y sólo va a coger aire una vez. Y vuelvo a viajar… pero aquí sigo siendo un desastre.

Lo crea usted o no, querido lector, el que aquí escribe es el peor viajero de este mundo. De todos mis viajes, de todas mis aventuras… no he aprendido nada y siempre viajo con más cosas de las que necesito, en mochilas que nunca debieron ser creadas para ser transportadas. Y lo intento… trato de hacer la maleta más pequeña, comprimir las cosas, llevar sólo lo indispensable… pero siempre termino lleno de bultos y la espalda destrozada.

Pero claro eso me doy cuenta por que estoy aquí, porque antes siempre veía alguien más pringado que yo y con más cosas, pasándolo francamente mal en estaciones y aeropuertos. Pero Perú es diferente, aquí los turistas son otra cosa. Aquí sólo existe el espíritu del Coronel Tapioca y es (aparentemente) completamente necesario cumplir ciertos requisitos para visitar el país. Para empezar el buen turista tiene que tener un teléfono enorme y de buena marca, al que mirar con desdén y desprecio (recuerda que estás en la aventura de tu vida, sólo puedes mandar fotos cuando estés en lugares peligrosos o tras 18 horas de caminata). Tu mochila ha de ser compacta, de buena marca y siempre ha de llevar unas zapatillas colgando. Cuando te encuentres con otros turistas, habla con ellos y cuéntales lo cansado que estás por no ser “como esa gente” que coge los autobuses que te dejan en la puerta del Machu Picchu… y seguidamente presume de lo bien que se ven las ruinas por la noche, ya que se te fue el sol. Lleva todas las cosas en pequeñas bolsitas de plástico y nunca admitas que ha sido una mala idea cuando no sepas distinguir entre las pastillas de la tos y las de la alergia. Cada vez que puedas, saca tu pasaporte y muéstralo como quien no quiere la cosa.

Y en lo referente a la comida… no… por ahí no paso. Hace unos días, mientras yo disfrutaba de unas patatas fritas sabor pollo asado, un tipo delante mio CHUPABA almendras sin sal… ¡Ya está bien! Gentes del mundo, terminemos ya con el postureo y la absurdez. Terminemos con las miradas de superioridad que se esconden tras las Oakley y las tiendas de campaña del Quechua. Estás en Perú y no colonizando Marte. Vive tu vida y no pienses que a nadie le importa tu viaje. Disfrútalo y come sin pensar en el qué dirán… porque sí, me he dado cuenta de cómo miras los bocatas que me preparo en casa y saco de mi non-fashion mochila. Tienes hambre… así que déjate de barritas de proteínas y cómete un buen arroz con pollo, que aquí es lo que toca.

¡Feliz Año!

Si hay una fecha que descoloca totalmente a un viajero es la Navidad. Primero porque (por lo que veo) cada sitio tiene una idea tan parecida como diferente, de lo que son estas entrañables fechas y segundo porque…  en algunos sitios es verano.

Y es que pasar una Navidad con calor es raro y no porque esté acostumbrado al frío, la nieve, la lluvia y a esa tacita de chocolate que tomaré con mis manos enfundadas en las mangas de un jersey previamente dado de si… No, lo extraño es ver cómo en la televisión todo el mundo se pela el culo de frío, mientras tú quieres arrancarte la piel a bocados porque te da calor y una cancioncita te recuerda que no puedes maldecir nada porque hay que “adoraralniño-adoraralniño-que ha nacido Dios…”.

Con esa premisa en la cabeza, andas por la calle y observas cómo la intención navideña está… pero a su manera. Papá Noël saluda a los niños con su campana, pero dentro de las tiendas, no vaya a ser que le de una lipotímia. Todo el mundo se acerca a los muñecos de nieve hinchábles, pero no por que sean bonitos, sino porque desprenden aire fresquito y todos los supermercados colocan sus mejores adornos invernales, para que  el espíritu nunca decaiga. De hecho, y en un alarde de globalización sin parangón, una conocida tienda de ropa, se ha pasado las estaciones por el arco del triunfo y ha decidido colocar toda la publicidad de su colección invernal en esas calles a 30 grados, que tanto evocan una bufanda y un buen par de guantes.

Y entonces te entra la morriña y empiezas a pensar en cosas que nunca pensaste echar de menos, como los polvorones, el turrón, las peladillas… ¡¡mmmm!! Y te acercas a una tienda y te dicen el precio de una torta de turrón del duro y… se te quitan las ganas. Pero luego lo vuelves a pensar y lo vuelves a mirar y echas cuentas y dices “Un día es un día” y terminas comprando el turrón y los Ferrero Roché y vas a casa con toda la ilusión del mundo y te das cuenta de por qué esas cosas se venden sólo en invierno…

Pero lo que más me ha sorprendido este año han sido las cenas navideñas y es que en vez de tener trescientas cincuenta y siete, tienen una rápida, sencilla y tarde, para que exista la excusa de decir: “¡Uy! mira qué hora es… ¿esta gente tendrá que dormir, no? Pa’casa.”. La cosa es así: se queda a eso de las 22.30-23 de Noche Buena. Como no hay discurso del Rey, se cocinan varios platos, se preparan los regalos bajo el árbol y se espera pacientemente hasta que el vecino loco de turno, marque las doce a base de espectáculos pirotécnicos de dudosa procedencia y seguridad. Sales de de la casa (más por cuestión de ver si se te quema la casa, que por otra cosa), vuelves dentro y comienzas a comer. Cuando todo el mundo termina, se dan los regalos y luego… luego la verdad es que se me prometió un festón, pero ni mis vecinos los parranderos se animaron, por lo que la cosa parece que terminaría pronto, si no llega a ser por las luces de Navidad. Sí, esas que se iluminan de forma aleatoria y tienden a inflamar el árbol de plástico que las soporta… Esas… Las que tienen una canción que se repite una y otra y otra vez, hasta que se te graba a fuego en la frente… Esas… las que como son cortas, parece ser que es necesario añadirles cinco juegos más, para ponerlas todas a la vez con la misma musiquita pero con un retardo de medio segundo que provoque la imposibilidad de escuchar melodía alguna y termine poniendo nerviosos a todos los perros del vecindario… Esas… Esas no se callaron hasta ayer día 5 de Enero…

Viva la Navidad y sus costumbres…

There’s a new man in town…

Como amante de la publicidad, de siempre, me han gustado los anuncios de IKEA. Considero que la marca sueca tiene varios de los mejores spots de todos los tiempos, mostrando siempre como una simple cosa puede cambiarnos la vida y el modo de pensar para siempre.

Hace unos días (de los mios…) le regalé a mi compañero de trabajo un teléfono “selular” que me sobraba. La verdad es que era un teléfono al que tenía mucho cariño, por muchas razones, pero que me traje a estos lares para terminar de finiquitar. No era muy potente, no tenía casi memoria, estaba sin actualizar… pero cumplía su función principal (llamar, aunque a veces se nos olvide) y tenía acceso a Internet. Mi compañero recibió su regalo de una forma un tanto extraña, a medio camino entre el agradecimiento y la incredulidad y entre las sorpresivas voces del resto de mis compañeros que gritaban cosas como: “Ala, menudo regalo” y “Ah, pero es muy viejo…”, así que dejé que el tiempo dijese si había sido un buen regalo o una estupidez.

Con el pasar de los minutos, mi compañero empezó a entrar en mi cubículo (con el teléfono siempre en la mano) sólo con la sana intención de agradecerme el gesto. A las dos horas, vino a hacerme las primeras preguntas sobre su manejo y configuración. Al día siguiente se hizo con la clave del wifi y se hizo una cuenta de correo. A los dos días llegó a preguntarme mi dirección de Whatsapp. Luego vineron la batería, una tarjeta de memoria y el mítico plastiquito protector. Tras eso un plan de datos, fotos para personalizar las llamadas y músicas. De ahí nuevas aplicaciones y preguntas que ni el señor Android en persona podría responder.

Pero lo mejor estaba por llegar. Ha sido tener teléfono nuevo y este hombre de casi 50 años, ha empezado a cambiar su forma de vestir. Sudaderas, nueva mochila, zapatillas en vez de zapatos… ¡incluso nuevo peinado! Y todo siempre acompañado de un “chulesco” gesto para verificar si tiene un nuevo mensaje en su “flamante” celular.

Es un hombre nuevo y todo gracias a un simple objeto. Verás cuando conozca la librería Stronhölm…

Cosas del tiempo

Supongo que es cierto aquello de que el tiempo es depende del observador. Cuando te lo pasas bien, los segundos vuelan y cuando te aburres como una ostra… no hay forma de hacer que el día pase.

Por unas cosas o por otras, este año se me ha pasado volando. Tan rápido ha pasado que me ha faltado tiempo para hacer cosas. Quería viajar más, quería estudiar algo, sacarme el carnet de moto, terminar mi juego… pero ya estamos a mitad del último mes y… sigo con todo a medias. Y digo a medias porque lo he intentado todo. De hecho he viajado a sitios que no sabía ni que existían, he hecho cosas que ni me imaginaba y estoy en mitad de otro juego que nisiquiera me había planteado hacer en su momento. Y todo esto a pesar de tener un jefe al que se le ocurren trabajos a última hora y disfruta dejándome las llaves para que cierre la oficina…

Y desde que tengo uso de razón, mi vida siempre ha sido así. El aburrimiento hace tiempo que no tiene cabida en mi día a día y siempre ando buscando esa hora de sueño de más, ese momento para poder ir al cine o ese momento para simplemente sentarme y no hacer nada.
Por eso me resulta muy curioso cuando llega gente y me suelta en la cara y sin suavizar lo más mínimo… que los españoles somos unos vagos (así, en general…).

La explicación es muy clara: entramos a trabajar a las 9-10 (tenemos la mayor flexibilidad horaria del planeta), lo hacemos hasta las 13h, nos vamos a comer a casa con la familia, nos echamos la siesta, volvemos a eso de las 16h a trabajar y a las 18h ya estamos en casa para cenar, salir de copas y dormir. Y así de lunes a viernes, porque los sábados y los domingos son sagrados.
Y entonces pienso cuando hace un año llegaba a casa a las 4 de la mañana porque trabajaba en turno de tarde-noche, cuando entré a trabajar un lunes y salí de mi turno seis meses (y medio) más tarde, cuando entraba a las 5 de la mañana o cuando estuve trabajando de lunes a domingo e iba sacando tiempo de debajo de las piedras para trabajar en mi revista… y pienso: ¿soy imbecil?.

Debe ser que sí y más porque la persona que me está llamando vago, lleva tres días para sacar cuatro videos de dos minutos y en este momento lleva quince minutos metida en el servicio de la oficina, discutiendo con su novio. Luego dirá que lleva todo el día trabajando, pero me parece que su improductividad es muchísimo más frustrante que mis ganas de irme a hacer mis cosas.

 

Oda al calzado

Oh zapatilla, el abrigo de pie, cuan necesaria eres y qué puñeteros son tus artesanos.
Acabo de tirar mis zapatillas. Estaban viejas, rotas, sucias… pero como creo haber dejado claro en este blog, tirar ropa me fastidia. Y es que cada vez que me desprendo de algún jersey, pantalón o calzoncillo, se va un recuerdo de un momento, un lugar o una persona. En este caso es una mezcla de todo, pero hablo en nombre de todos al decir: “Ya era hora”.

El verdadero problema viene después. Al igual que al quedarte soltero tras una larga relación (llevaba con ellas desde 2010), quedarte descalzo implica volver al mercado a buscar esa pareja que te haga feliz, que te comprenda y que se adapte a ti, con tus virtudes y tus defectos. Por suerte para mis zapatillas, tengo unos pies bastante bellos, por desgracia para mi, tengo uno de esos números que “son muy raros”, pero por casualidades de la vida “son de los primeritos en gastarse”. Si a eso le unes que los 2000 fueron una época convulsa para los fabricantes de zapatillas y que resulta que durante cinco años has llevado un 48 (tú que siempre pensaste que tenías un 45) y que estás en un país donde el 43 ya es un pie de monstruo… pues completas el gag.

De tres tiendas fui echado por rugientes masas de dependientes armados con antorchas y tridentes, al grito de: “Pero pruébate el 43 que seguro que te entra”. Mis únicas opciones eran zapatos ortopédicos que nadie quería y con los que hacer los “50 metros lisos hasta la parada del bus” tenían pinta de ser, cuanto menos, difíciles. Mi mundo se desmoronaba entre zapatillas fosforescentes, hinchables, con suelas “para un mayor agarre”, con un gel que no tengo ni idea para qué sirve, ni donde va y lo peor de todo… EN OFERTA!!

Todo parecía perdido y lo estaba, hasta que entré en la misma tienda que hace dos días e hice un nuevo intento por probar las únicas zapatillas que no me hacían sentir un árbol de navidad (en serio es necesario tanto colorido para correr?). Pedí de nuevo el 45 y básicamente, me trajeron lo que les dió la gana. Me lo probé con desgana y misteriosamente… entró y bien. En ese momento sentí lo mismo que la Cenicienta. Por fin una zapatilla normal, que se adaptaba a mi pie, que me susurraba al dedo gordo “tranquilo, yo te protejo”… qué sensación!.
Y entonces lo vi. Junto a mi, un pobre señor de cara triste y con zapato de cifoscoliótico, preguntaba por un 47. Los ojos se me llenaron de lágrimas y desconsuelo, tanto por la pena de saber el sufrimiento por el que pasaba, como por el humo de la antorcha que acababa de encender. Y es que YO TENÍA ZAPATILLAS, así que fuera de aquí maldito ser!!!

“Me las llevo puestas” es una de esas frases que encanta decir en las tiendas de zapatillas. Y ahí estaba yo, con mi nueva adquisición, caminando como todo un deportista de elite y llegó la réplica: “Quiere usted llevarse otro producto de nuestra tienda al 20% de descuento?”. Música para mis oídos, oiga.
Yo – “Por supuesto señorita. Tiene calcetines?”
Dependienta – “Claro señor, de qué talla?”
Yo – “Talla 45 y altos”
Dependienta – “A POR EL MONSTRUO!!!!”

Otro de esos días…

Quedan exactamente 15 minutos para que acabe el día 29 y estoy tirado en la cama, pensando en la cantidad de cosas que han pasado un día como hoy, durante estos últimos años.
Hace un año, a estas horas, estaba en un casino de Madrid, perdiendo cinco euros y riéndome por ello. Hace dos años estaba en un bar que ya no existe. Hace tres años estaba entrando a mi “adornado” camarote. Hace cuatro veía un Madrid-Barcelona (o al revés, eso ya no recuerdo)… y así podría seguir hasta hace exactamente nueve años. Casi una década atrás, ya… se dice pronto.

Hace nueve años, un día como hoy, a estas horas, un despistado “Yo”, observaba la calle por la ventana de un bar de Londres. Con la mirada perdida, un pequeño cansancio en el cuerpo y ese olor a madera y barniz tan típico (y maravilloso) perforándome las fosas nasales.
En ese día, esa hora y ese momento, me di cuenta que la vida iba a ser dura, que habría que trabajar como nunca antes lo había hecho, que estaba sólo, lejos de cualquier tipo de gente conocida y que la “zona de confort” quedaba demasiado lejos siquiera como para verla.
Y recuerdo perfectamente ese día porque en aquel momento mi vida cambió para siempre, porque, al igual que hoy, era mi cumpleaños y porque… nunca fui tan feliz.

Y es que estos últimos nueve años han sido apasionantes y maravillosos. Casi una década de viajes, sensaciones y sentimientos. De ropa de verano, invierno y entretiempo y de unas zapatillas que hoy han dejado paso a otras que ya llegan con historia.
Han sido nueve años increíbles que, espero, sean por siempre “El principio” de nuevas historias.
Seguiremos informando.

 

Chu fas… chu furius

Con todas las locuras del mundo, muchas veces la gente mira al cielo y no puede obviar preguntarse: “¿Existe un Dios?”. Alguien que vele por nosotros, que nos proteja, que evite que el mar nos alcance… La respuesta es un total y rotundo , sólo que está demasiado ocupado evitando que los limeños se maten con el coche, que no es capaz de paralizar las guerras en otros sitios.
Sí señores, Lima lo ha conseguido. Es oficialmente la ciudad más caótica (en lo relativo al tráfico) que conozco. Y todo… gracias a sus gentes. Sus taxistas, sus conductores de autobús, sus motos sin luces y el resto de conductores con bigote que creen tener la preferencia en los cruces simplemente por haber pitado antes… ¡Enhorabuena!.

Pero como de todo se aprende, he comenzado a disfrutar de esos pequeños detalles que hacen del caos un mundo de posibilidades. Y es que Lima, también es la capital del ‘tunning‘, aunque ellos no lo llaman así, sino “arreglos”. Y es que por un motivo o por otro, los coches en Perú no parecen salir bien de fábrica y por ello han de ser ‘customizados’ al gusto y las necesidades del consumidor. Así encontramos desde el clásico de las lunas tintadas (para lo que hay que pedir un permiso especial, asociado a un sólo conductor, para que se tenga controlado a la persona y el coche y se tenga constancia de que no es un terrorista… o eso me han dicho), las luces interiores de colores o la típica pegatina de “Familia a bordo”, donde se van colocando todos y cada uno de los (miembros según va naciendo) e incluso al perro. Y a partir de aquí, empiezan las risas…

Resulta que las luces largas de un coche “no son suficientes” para ver por las noches, por lo que es necesario añadirle mayor potencia. Eso cuando el propietario del coche piensa en el peatón (aunque sólo sea para desintegrarle con sus nuevos haces de luz solar…) pero es que también está el que pasa del tema y se pone unas chuladas de focos verdes o azules (porque no se los puede poner negros, que si no también lo haría) que se unen a unas maravillosas luces de freno que se encienden y se apagan en plan luz de discoteca. Luego está la cuestión del claxon, que está claro que en todo el Perú es la herramienta que da sentido al coche (si no, no es lógico su uso indiscriminado). Está claro que ese odioso sonido, que se te mete en los tímpanos, no es suficiente.. y por ello hay que cambiarlo por la bocina de un petrolero ruso.Ahí es cuando entiendes que el de atrás te está pitando porque aún no has atropellado al peatón que termina de cruzar con cara de terror.  También están los autobuseros que piensan que ya que estás aburrido siguiendo su paso, es bueno que conozcas a su familia, amigos y compañeros más cercanos. Así puedes leer todos los nombres de sus hijos o un emotivo recuerdo al suegro fallecido (cada uno es cada uno).

La lista de mejoras es increíble y parece que siempre hay alguien con una idea más increíble que la anterior. Como aquellos taxistas que se plastifican el techo o aquel que mete los cinturones de seguridad tras los asientos para que su coche quede más bonito. Pero nada de eso importa, todo puede llegar a pasar por normal, cuando lo compares con lo último que escucharás en tu vida: “La Lambada”. Y es que mientras intentes descifrar por qué leches suena esa música en tu cabeza, es muy probable que seas atropellado por el auto que lo emite ¡¡AL DAR MARCHA ATRÁS!!. Sí señoras y señores, alguien, un día, decidió que para completar su experiencia vehicular, necesitaba tener dicha melodía de origen carimbó y ya que grabarse un casete le pareció demasiado obvio, la colocó en la marcha atrás de su carro. Y encima… creó escuela. Genio.

Y todo estaría bien y todo sería aceptable, si el 60% de los conductores entendiese que para girar a la derecha, no hay que irse cuatro carriles a la izquierda para terminar metiéndose a última hora… pero eso supongo que ya es otro tema.

El Séptimo Arte

Para mi el cine es algo mágico. Es ilusión, es felicidad, ira, deseo… todo es posible en una sala de cine, porque todo va sobre ti y la pantalla que tienes enfrente. Por eso me gusta ir a cines raros, pequeños, a horas absurdas, a ver películas casi fuera de cartelera y normalmente solo. Mucha gente dice que ir solo al cine es una tontería y yo siempre digo que mejor ser el tonto que va solo, que no el SUBNORMAL que va a comentarle la película al de al lado…
Pero al final todo se reduce a gustos.

Y es que acepté que entrasen los nachos a las salas, acepté los 15 minutos de anuncios intrascendentes y avisos del FBI sobre muerte, desolación y cárcel… mucha cárcel. Incluso llego a entender que las películas españolas necesiten mostrar durante media hora, toda la gente que he metido dinero en la peli del amigo del cuñado, del primo, del vecino de alguien famosete… pero nada y repito NADA… me podía preparar para lo que me he encontrado al ir al cine en Perú.
Oh… my… God.

Empecemos por decir, que ir al cine (por lo menos en Lima) es caro. Los cines suelen ser multicines y estar metidos en grandes centros comerciales, rodeados de todo tipo de tiendas de comida rápida (algunas de las cuales, aún no se lo que venden). Los que no lo están, son pequeños cines con aires de grandeza, donde suele ir gente bien vestida y que para a tomar un cocktail antes de entrar.
Los primeros son más baratos y tienen todas las salas repletas de los típicos gañanes de cine del mundo. Aquellos que necesitan mostrar al resto de la sala, su disconformidad con el tono de la película, los diálogos, las pausas de tensión y básicamente todo aquello que no implique gente golpeándose y una cámara frenética.
Los segundos son más caros y por norma general, no tienen a la fauna de los primeros molestando… pero tienen algo muuuuucho peor. Y es que, lo que tenía entendido como un “vamos a tomarnos algo mientras esperamos que empiece la peli” en el fondo es un “me voy a tomar un copazo, mientras pido una pizza o una brocheta de solomillo ahumado con ensalada cesar y tomatitos cherry… y me lo llevas al asiento J6 de la sala 4. Así que lo que antes era molestarse porque alguien había llegado tarde y pasa por delante tuya con la película empezada, ahora es un camarero, con una tabla de quesos y dos bebidas con sombrillita, que pasa por delante y espera que le pagues… ¡ah! y espérate que te hace factura, no vaya a ser que seas inspector de trabajo y les cierres el chiringo por no darte el dichoso papelito!

….
Respiro… respiro… y vuelvo a respirar, porque resulta, que aún me quedaba ver el salto con tirabuzón y doble mortal invertido de los cines de aquí, que es “La Sala Premium”. Toda una sala, donde fácilmente cabrían 200 personas… de no ser porque las butacas son sofás personales, con su mesita a juego Y SU LÁMPARA DE MESA CAMILLA. Totalmente reclinable, con un menú de variada oferta alimenticia y de bebercio y tres botones para llamar a un camarero, pedir que te prepare la cuenta o… anular todo lo anterior.

Estamos pues ante uno de esos lugares en los que te tratan bien, tienes las mejores comodidades, pasas un buen momento, disfrutas… pero sales diciendo: “Se que he visto a Matt Damon, pero no se si estaba en Marte o a mi lado”.

Es una lata, el trabajar…

Mucho he hablado ya de mi vida por estas tierras del sur, pero poco he comentado sobre mi trabajo. Siguiendo con mi política de privacidad, seguiré sin hacerlo, pero retomaré mi sección favorita para hablarles de: “Mis compañeros”.

– El hombre “yo no soy______ pero…”: sí señores, es lo que están ustedes pensando, estamos ante el típico caso de persona que comienza su speech con esa frase y tras ella suelta una de las típicas y tópicas burradas que tanto se escuchan en los bares alrededor del mundo. Desde los gays a la gente de color, pasando por culturas, religiones, políticas… todo es capaz de ser empaquetado, encerrado y ordenado en su almacen de “gente a la que respeto, pero mejor que no se me acerquen”.
Sus últimas perlas han sido memorables:
“Yo no creo en Dios, pero creo en una fuerza divina que tiene que se tiene que dedicar al diseño, porque mira que ha hecho cosas diferentes”
“En Oriente medio sólo viven tribus primitivas, con camellos y en tiendas de campaña, por eso se pelean tanto”
“El trailer de Star Wars no me gusta nada, porque sale ese negro corriendo todo el rato”

– Mr. Why : este es un extraño caso de personaje hecho persona. Un hombre que vive por y para el humor. Tiene un chiste malo para todo y le da exactamente igual en qué contexto este… lo va a soltar. Es capaz de preguntar absolutamente todo, llegando incluso a parar una clase (en la que no participa) para que le respondan una duda. Nunca (y repito) NUNCA sabrás por dónde va a salir, excepto en un caso: la comida. No tiene fin,traga absolutamente todo lo que encuentre por el camino y siempre tiene una galletita esperando para el postre. Pero su mayor poder es el de dormirse en cualquier momento o situación.
Es una gran persona.

– El Dios de la luz: Si hay algo que identifica a la mayoría de personas que trabaja en televisión, es su capacidad para creer que está haciendo algo importante. Ya sea presentador, técnico, maquillador o el tipo que termina ordenando el desastre ocasionado por un show mal planificado, todos piensan (..,pensamos) que estamos cambiando el mundo por eso que hacen (…hacemos) y que nadie realmente recuerda en cuanto llegan los anuncios. Este “defecto profesional” tiene un nuevo máximo representante en el técnico de luces que siempre nos acompaña. Lo que empieza con una historia de cómo llegó a este mundo (el televisivo), continua con un “ah, no… yo no voy a cargar con esos trípodes porque soy el director… de luces” y termina con un “Bueno, pues ya vais recogiendo esto”, tras pasar por varios “me mueves esto aquí/allí/allá” desde su silla. Sin fotómetro o cualquier aparato de esos que “sólo molestan” al resto de profesionales de su sector, este iluminado de la vida es uno de los que (aparentemente) voy a ver desfilar pronto.

Los muertos de hambre: Si Mr. Why fuese un animal, sería un hamster, siempre con los carrillos hinchados de comida y mordisqueando algo. Si esta cuadrilla fuese un animal sería la Marabunta. Estos “técnicos” son capaces de oler comida a kilómetros y con ello, ir preparando posiciones para recibirla y consumirla antes de que cualquier mortal sea capaz de llegar a alcanzarla.
Su frase favorita es “chamba es chamba” y bajo sus normas viven. Son los más ricos del cementerio, pero incapaces de gastar medio euro en una botellita de agua si tienen sed.

– El señor “ah, si… yo también”: reconozco que por mi vida y profesión, he pasado pocas veces por un lugar al que llamar “oficina”. Esos con su recepción, su máquina de café, comedor y colas alrededor del microondas. Pero durante mi existencia, SIEMPRE me he encontrado con una de esas personas que siempre han hecho TODO más y mejor que yo. Da igual lo que sea, dónde, cuándo o por qué… él o ella también. Y esta no podía ser la excepción… Por el momento, su familia viene de China, Alemania, España y Estados Unidos (además de Perú), tiene un Audi y vendió su Ferrari, ha trabajado en sesiones de Playboy con cualquier chica que le digas y… el día que le digas que hizo buen tiempo, él disfrutó de unas cervezas mirando al mar desde su casa. Impresionante.

– El portero: una de estas personas maltratadas por la vida y por el tiempo, que sólo sabe trabajar y lo hará hasta que no le queden fuerzas. Un buenazo a los que sólo le puedes desear que le toque la lotería y disfrute de un día entero tirado en una gran cama, con una gran televisión, su comida favorita y viendo ganar a su equipo de futbol. No me entero de nada de lo que dice… pero se que es una de esas personas sin maldad, a la que esperas que todo le vaya bien.

– El boss: una de esas personas que admiraría por su capacidad de improvisación, si no fuese porque me afecta tanto a la hora de trabajar. El Rey del último minuto, el compañero de risas del “ay que no llego”. La fábula de “La Tortuga y la Liebre” debería llevar su nombre. Lleva su empresa con mano de hierro y pasotismo. Según su historia, entró en una empresa para limpiar baños y dos años más tarde la estaba dirigiendo. Todo un personaje que sería digno de entrevistar, si no fuese porque le va a sonar el teléfono y se va a ir.

Y entre medias estoy yo… una de esas personas cuyo amor a lo que hacen es directamente proporcional a su odio por no disponer nunca del tiempo necesario para hacerlo a su gusto.
Desde que empecé en la empresa he desempeñado todos los puestos posibles, entre los que destacaría el de guionista. Y es que me parece graciosísimo el ser “criticado” por utilizar palabras “en español” y a su vez ser el elegido para hacer los encargos de mayor “orgullo peruano” (llegando a tener que quitar una frase sobre el legado español, por “poco patriótica”).
Sigo aprendiendo y sigo riéndome, que es lo que cuenta.